domingo, 1 de mayo de 2011

Despedida.

Aquí termina este diario. Y recordando un poema del afamado escritor español Federico García Lorca, hago mías sus palabras.



Despedida.



Si muero,
dejad el balcón abierto.


El niño come naranjas.
(Desde mi balcón lo veo).

El segador siega el trigo.
(Desde mi balcón lo siento).

¡Si muero,
dejad el balcón abierto!


(Federico Garcia Lorca)





Día Vigesimoctavo

Pasé la noche más larga de todas las que podía recordar, estuve repasando todo lo que escribí y conté de nuevo los días. Veintiocho días aquí, sin poder salir, sin saber cómo fallecí. Hasta ayer mis sentimientos eran casi planos, no sentía dolor, ni alegría, ni placer. Tan solo sentí esa sensación extraña que me provocaron las palabras de Sofía y que me hicieron sentir vivo por un momento.

Sin embargo esta noche la pasé con cierta ansiedad y nerviosismo. La intriga me desesperaba. Sofía sabía cómo fallecí y me lo contó. Me lo dijo, pero no le oí. El walkie que tanto bien me hizo se quedó sin batería en el peor momento posible.

Ahora sé que ella piensa que me fui, que cumplió su misión al igual que lo hizo con Margaret. Pero sigo aquí, sigo aquí.

·         Sigo aquí – dije con mi voz apagada, mirando por la ventana.

Sofía, acompañada de su padre y sus hijos salieron de casa pronto y se fueron a caminar. Volví a gritar con todas mis fuerzas, pero fue inútil. Nadie me oía. Llamé a Juan, saqué el brazo para que pudiera verme,…. Pero todo fue en vano, se fueron.

Me invadió una enorme soledad, un doloroso miedo, que me volvía loco. Di golpes con mis puños en las paredes, patadas, grité como si de mi tuviera que sacar al mismísimo demonio, hasta que increíblemente me cansé. En todo este tiempo no me sentí agotado, ni tuve sueño, ni hambre… ni sed.
  
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Estoy exhausto del esfuerzo, hoy no esperaré a la noche para escribir todo lo que ocurrió durante el día, preferí hacerlo ahora.

Me he acercado a la ventana para que me diera el sol y el aire fresco de la mañana. He visto algo en la ventana de Sofía. Hay algo pegado en su cristal. Es un papel. Hay algo escrito y me dispongo a leerlo …..










-- Fin --

Día Vigesimoséptimo

Esta mañana, al salir el sol, descubrí que Pedro estaba en el porche de su casa sentado, cabizbajo. Seguía triste. Su mujer, salía de vez en cuando a verle, pero cada vez se acercaba menos a él, hasta llegar a mirarlo desde detrás del cristal del salón.

Oí sonar su teléfono, lo cogió de inmediato levantándose de un salto y mientras escuchaba iba caminando lentamente por el jardín hasta llegar a la verja que lo separaba de la calle. Su esposa salió al rato y se acercó a él. De sus caras resaltaban los ojos abiertos como si de una noticia estuvieran pendientes.

Pedro, sin apenas haber hablado colgó el teléfono y abrazándose a su mujer rompieron a llorar. Y así estuvieron unos minutos. Luego entraron en su casa. Pedro parecía más descansado.

Al llegar el mediodía llegó un coche de la policía. De él bajaron dos agentes y después vi salir al hijo mayor de la familia. En ese momento Pedro y Daniela salieron casi corriendo hacia él y en un abrazo se dijeron mucho, se intercambiaron perdones y “te quieros”. Y todos sin palabras.

Adiviné que el hijo mayor se había escapado de casa tras la bronca de su padre. Aquella en la que Pedro le dio un fuerte tortazo. La policía, sin mediar palabra, se metió en su coche y desaparecieron calle abajo.

Mientras tanto, los hijos cuarentones de la casa Beige, donde vivía la vieja mujer, iban sacando sus cosas en maletas grandes y las iban introduciendo en sus respectivos coches. Seguían balbuceando improperios contra su madre, mientras que ella los observaba desde el balcón de su habitación. Su cara, que apenas mostraba expresión, dejaba entrever cierta satisfacción por lo que estaba ocurriendo.

Sofía había vuelto a pasar la noche sin su marido. No se la veía preocupada asi que supuse que se habían hablado desde que se fue. Sus hijos salieron al jardín con su abuelo que había pasado la noche con ellos.

El Sol brillaba con mucha intensidad esta mañana y a pesar de no ser verano la temperatura permitía a la gente ir en manga corta. Deduzco que es primavera.

Bonita época para salir de viaje.

Por la tarde llegó Juan, el marido de Sofía. En la casa seguían estando ella, sus hijos y su padre. Estaban sentados frente al televisor cuando Juan entró en la casa, los niños fueron a saludarle mientras que Sofía y su padre siguieron sentados sin inmutarse siquiera de su llegada.


En toda la tarde no se dijeron nada, Sofía parecía ignorarle, Juan subió a la habitación y estuvo allí trabajando con su ordenador hasta que anocheció. Entonces, mientras todos cenaban, Sofía subió a la habitación, cerró la puerta y acercándose a Juan empezaron una nueva bronca. Él se mantenía en su silla, como si quisiera ignorarla ahora él, pero Sofía sacaba todo su carácter, sus gritos llegaban hasta mí, aunque no pude entender lo que decían.

En un momento dado, Juan se levantó, se puso frente a ella y cogiéndola de los brazos le empezó a hablar con lágrimas en los ojos.

En ese momento Sofía rompió a llorar.

·         No!!, no!!!, no!! – gritaba 

Se despegó de Juan y dándole la espalda le dijo algo que hizo que Juan empezara a recoger las cosas, sin prisa, pero sin pausa. Ella se acercó a su ventanal y se quedó mirando hacia mí todo el tiempo que usó Juan en hacer una maleta y salir por la puerta.

Bajó al salón de la casa y tras abrazar a sus hijos fuertemente salió al jardín dirigiéndose al coche. Desde allí se quedó unos segundos mirando hacia mi casa. Luego hizo lo mismo dándose la vuelta y mirando a Sofía que seguía inmóvil frente al ventanal. Se metió en el coche y se fue.

Me invadía la curiosidad. Cogí el walkie y empecé a llamarla.

·         Sofía,… ¿me oyes?... ¿Sofía? – decía insistentemente.

Ella seguía impasible a mis llamadas, mirando hacia mí pero con la vista perdida. Empecé hacerle señas sacando el brazo por la ventana y lo seguí haciendo hasta que recordé que… ella no podía verme.

Volví a meter el brazo dentro y sacando la cabeza grité, grité muy fuerte, pero nadie me oyó.

Pasaron los minutos y Sofía, que se había pasado todo ese rato inmóvil giró la cabeza hacia un lado y como si hubiera localizado algo se fue acercando lentamente hasta tu objetivo.

·         Jorge. – su voz fue como una aliento de aire fresco para mí y rápidamente respondí
·         Sofía!!, dime,
·         Jorge – repitió ella.
·         Dime, dime!! – insistí con más ímpetu.
·         Sé como falleciste – su voz parecía irse apagando lentamente.
·         Dímelo Sofía, dímelo.


Ya no escuchaba nada por ese altavoz, Ella mirando hacia mí y hablando por el walkie mientras las lagrimas iban cayendo de sus ojos. Pero yo no oí nada. Me quedé sin batería.