Me pasé la noche mirando la habitación de Sofía. La pasó sola. Se había quedado dormida con el walkie en la mano, agotada. Se pasó, parte de la noche, hablando ella todo el rato, mientras yo intentaba empatizar con ella.
Mi misión era irme, no podía quedarme, por mucho que ella lo necesitase. Pienso que cuando algo es imposible lo mejor es pasar página. Empezar de nuevo si es necesario, pero vivir en el pasado… jamás.
· Sofía.- dije en voz baja, La quería despertar, pero sin asustarla.
Había pasado a noche sola en casa, se durmió sentada en el suelo, apoyada a la cama mirando hacia mí.
· Sofía. – insistí. Ella despertó y acercándose el walkie a la boca respondió.
· Dime Jorge... No recuerdo cómo me quedé dormida.- mientras se frotaba los ojos y adecentaba el pelo.
· El Sr. Lorenzo mató a su mujer. Debes liberarla.
· Ya, ya me lo contaste, pero… - La interrumpí.
· Escríbelo en una hoja, con letras grandes, que pueda leerlo y se lo enseñas desde la calle. Debe leerlo, debe recordar.
· ¿Pero qué le digo?, yo no sé nada de lo que pasó, ni siquiera puedo verla, no sé dónde… - la interrumpí nuevamente.
· Eso da igual. Ponte lo más cerca posible del ventanal del dormitorio de arriba. Escríbele que murió por dos disparos de unos sicarios, abajo, en la sala comedor y lo planeó su marido. Dile también que lo hizo para estar con otra mujer.
Sofía se levantó del suelo, se acercó a una mesa de la habitación y cogiendo folio tras folio escribió con un rotulador todo lo que le había dicho. Al terminar recogió todas las hojas y bajó las escaleras a la planta baja, salió por la puerta y se situó frente a la casa de su vecino.
Enseñó una a una las hojas que había escrito mientras que Margaret leía con atención indicando levemente con una de sus manos cuándo debía Sofía cambiar de hoja. Sin embargo Sofía no podía verla así que supongo que fue girando las hojas calculando el tiempo que tardaría Margaret en leerlas.
Tras la última hoja Margaret miró hacia mí y con una sonrisa, que irradiaba verdadera felicidad, despareció.
Sofía también se giró hacia mí, y a pesar de tampoco poder verme, sonrió como si supiera que todo había ido bien.
Como poseído por la rabia, vi como salía el Sr. Lorenzo de la casa y se acercaba rápidamente hacia Sofía, en actitud amenazante, mientras ella seguía mirando hacia mí. Le grité e hice señas pero fue en vano. No podía verme.
El Sr. Lorenzo le dio un fuerte empujón al llegar a ella cayendo ésta al suelo esparciendo todos los papeles por la calle.
· No sabes nada!!! – gritó – Nada… nada. – y se volvió hacia su casa cerrando con un portazo.
Sofía se levantó, algo asustada, y sin recoger las hojas que se habían caído al suelo, volvió a su casa, subió a la habitación y cogió el walkie.
· Me llevé un buen susto,…¿Funcionó?
· Si. – le dije sonriendo. – Ahora sé de quien sacó la valentía tu hijo.
· ¿La liberé? – su alegría contrastaba con la tristeza de la noche anterior.
· Si… Gracias Sofía…. Lo lograste. – mi satisfacción era evidente.
Hubo un largo silencio por parte de ambos. Ella miraba hacia mí y a pesar de no poder verme yo habría jurado que sí lo hacía.
· Me duele que te tengas que ir, pero te quiero, te amo y quiero que seas libre... – dijo ya con voz tranquila. - …pero yo no sé cómo moriste, no sé cómo puedo ayudarte.
· Eso ya lo veremos. Pero dime, ¿sabes algo de Edu y Fritz?
· Ah, sí – gritó emocionada – Ayer seguí a fritz en su coche. Se dirigió al centro, y entró en el edificio Mahner, luego entré yo y pregunté al conserje, al principio no quiso colaborar pero al contarle los planes de Fritz llamó a Edu, éste le dio instrucciones y le pasó conmigo.
· Fuiste muy lista, pero también tuviste mucha suerte.
· Le conté todo, absolutamente todo, mientras que el conserje llamaba a la policía.
· Y que pasó, cuenta, cuenta. – la impaciencia me consumía.
· Cuando Edu colgó estaba llegando la policía. El conserje les dio las señas y subió con ellos a los despachos. No sé cuánto tiempo pasó pero Edu llegó en un taxi, entró en el edificio y sin saludarme siquiera subió corriendo por las escaleras.
· Estuvo aquí ayer, y me dejó de piedra. Me dio las gracias.- dije yo.
· Hicimos algo bueno, ¿verdad? – comentó.
· Si, Sofía, lo hicimos.
Dejó el walkie sobre la cama del dormitorio y bajó las escaleras. Los niños habían llegado acompañados por un hombre mayor, de cierta edad. Pensé que era el padre de ella por el saludo que se dieron.
Los niños saludaron efusivamente a la madre y entraron todos en la casa.
Observé el parque, recordando a Antonio, mirando los niños correr. Había llegado ya la tarde y todo me parecía más bonito entonces.