jueves, 21 de abril de 2011

Día Decimoséptimo


La charla con Antonio no hizo más que incrementar mis intentos por recordar. Intenté observar hasta el más mínimo detalle para ver si alguno me daba la clave. Miré las paredes de la habitación, a través de la cerradura de la puerta, por la ventana. Repasé mis textos que llenaban ya una de las pareces. Y terminé como empecé, sin conclusión alguna.

Entonces decidí hacer algo positivo, si no podía ayudarme a mí mismo al menos intentarlo con los demás. Empezando por Antonio.


·         Antonio, ¿estás ahí?
·         No puedo irme, ¿cómo estás?
·         Oye, que estaba pensando en que entre los dos quizás podamos ayudarnos. Con Andrés os funcionó.
·         Las baterías de estos juguetes no durarán tanto

Y llevaba razón. Mi aparato ya tenía una luz roja que indicaba batería baja. Debía conseguir que Juan los recargase cuanto antes. Pero al ser viernes no llegaría hasta la tarde. Avisé a Antonio y decidimos conservar la batería para momentos más necesarios.

Seguí mirando por la ventana, observando a Antonio, él seguía cruzando cables en su farola. El juguete lo colgó de uno de los cables, a la altura de su cabeza.

María seguía frente a su ventana, con la mirada perdida y triste. Esta mañana su marido salió con la otra mujer y el niño en su coche y volvió sin ellos dos ya entrada la noche. La mujer es más joven y no sé qué relación tendrán entre sí. Él tiene edad como para ser su padre pero si es su hija no la había visto antes por aquí.

El marido de Julia se fue pronto en su coche y ella, pasados unos minutos dejó entre abiertas las puertas del jardín y de la casa como siempre. A media mañana se presentó un chico, de unos veintitantos años. Entró en la casa cerrando las puertas a su paso.

El marido, al que llamaré Luis, estaba calle abajo. Se quedó observado desde lejos, luego se dio media vuelta y se fue.

Ocurrió algo inesperado. Juan llegó más tarde de lo habitual y tras saludar a su madre en casa se vino a saludarme desde la calle. Fritz, que se encontraba en casa le saludó desde el jardín. Sin embargo Juan, quizás por miedo, quizás por desconfianza, se fue sin despedirse. Le grité pero fue en vano.

Se fue en dirección a Antonio por lo que le avisé y le pedí que le comentara de lo de las baterías. Antonio no respondía. Seguía trabajando en su farola y con el walkie talkie a su lado, pero sin batería.

Estuvieron hablando durante bastante rato y yo impaciente por saber de qué, me invadían un millar de preguntas que no podía plantear. Juan volvió a su casa sin mirar hacia aquí siquiera. Anocheció y todo se quedó en silencio.



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