Si no perdí la cuenta, hoy debe ser Lunes. Juan me sorprendió llamándome desde la calle. Cuando yo oí “señor” entendí que se refería a mí. Asomé la cabeza y vi, como vestido con el uniforme del colegio me señalaba en dirección al operario mientras decía: “el señor Antonio Quiere hablar con usted, señor” a lo que respondí:
· Juan, ¿qué pronto?, me alegra mucho verte de nuevo. Me cuesta hablar contigo, ¿Cómo quieres que hable con él? … yo no puedo salir de aquí…
· Él tampoco puede venir – me interrumpió, y luego dijo – por eso he pensado que pueden hablar con estos comunicadores espías – levantando dos walkie talkies de juguete. – Los he cargado esta noche – Terminó.
· ¿Cómo me lo harás llegar? … no creo que tengas tanta fuerza y puntería para lanzarlo hasta aquí?
· ¿Tus amigos no pueden llevártelo? – en clara referencia a los nuevos inquilinos de la casa Fritz y Edu.
· Ellos no saben que estoy aquí. No sé como explicártelo.
Juan se largó corriendo sin despedirse siquiera. Su padre le había llamado para que entrara en el coche, debía irse al colegio. Yo eché una mirada al operario y luego me senté apoyando mi espalda en la pared de esta habitación.
A la tarde entró una flecha de plástico con una ventosa en un extremo y un cordel en el otro. Enseguida la cogí y mirando por la ventana vi como Juan se iba corriendo por la calle. Empecé a tirar de la fina cuerda con mucho cuidado para no romperla. Al otro extremo tenía algo atado y aunque no pesaba mucho daba la sensación que esa cuerda, casi hilo, podía romperse.
Cuando faltaba poco para llegar al extremo de la cuerda observé como Juan había conseguido acercarse al operario, al que entregó algo.
· ¿Oiga?, ¿oiga? – Podía escucharlo mientras aun subía mi walkie talkie. Conseguí entrarlo y con toda la ilusión de un niño respondí.
· Siiii, le escucho!!!
Y se hizo un largo y placentero silencio.
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