viernes, 15 de abril de 2011

Día Duodécimo

Hoy pasé mucho tiempo viendo como la vecina de la casa mostaza, a la que llamaré María, se paseaba por su habitación, de vez en cuando se paraba y miraba hacia mi ventana, no sé si me ve, pero está claro que no responde a mis señas.

Esta tarde Juan llamó mi atención tirando piedrecitas a mi ventana, aunque solamente una entró por ella. Me asomé y tuvimos una conversación. Bueno, más bien habla yo, él se limitó a asentir o negar con la cabeza y hacerme señas mientras de vez en cuando miraba hacia atrás para saber si le estaban mirando.

Creo que sus padres no quieren que hable conmigo o que quizás no crean al niño cuando les dice que yo existo. Solo espero que ahora que hay inquilinos en la casa sus padres no desconfíen de él y yo tenga más libertad para hacerle llegar mis pretensiones.

Le dije que necesitaba que fuera a hablar con el señor de la farola. Le dije donde se encuentra, al otro lado de su casa, al final del parque. Le pedí que hablara con él, le preguntara su nombre, qué hace allí y que sobre todo le hable de mí. Le di instrucciones para que nadie sospechara del plan. Lo ha entendido como un juego.

Intenté leer sus labios cuando me susurraba desde allí abajo como si yo pudiera oírle. Creo que me dijo algo como: “mi papá no quiere que hable con nadie”

Es de noche y María sigue ahí, mirando por la ventana. Y el operario también, trabajando incansable.

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