Estuve toda la noche solo en la casa, a media mañana recordé que la noche anterior había apagado el walkie y lo encendí de nuevo para hablar con Sofía, pero no contestaba a mis llamadas y preferí esperar a que fuera ella la que se pusiera en contacto conmigo.
Me fije en Margaret. Nos miramos el uno al otro desde nuestras respectivas ventanas. Ella seguía inmóvil y con la palma de una de sus manos puesta en el cristal. La saludé y al rato me correspondió con la otra mano.
Pedro y su mujer salieron en su coche. Estos días no fueron a trabajar, ni sus hijos al instituto.
Poco a poco llegó la tarde y oí como alguien entraba en la casa. Dejó las llaves sobre una mesa, soltó algo pesado en el suelo y subió sin prisas las escaleras. Al rato reconocí a Edu. Tenía la cara triste, parecía agotado. Al principio pensé que el viaje fue largo y cansado. Edu solía viajar mucho según pude oír en alguna de sus conversaciones con Fritz. Miré por la cerradura y vi a Edu de pié apoyado en la barandilla de la escalera, cabizbajo.
· A veces… - dijo hablando solo - …uno descubre que las palabras de Einstein eran ciertas cuando dijo que “tendremos el destino que no hayamos merecido.”
Me dio la sensación que había descubierto por si solo que Fritz ya le había robado, quizás llegó a su oficina y descubrió la trama una vez consumada.
· Jamás he creído en el destino. Siempre había pensado que el destino lo hace cada uno con sus manos y sus actitudes ante la vida. – Hizo un silencio y continuó diciendo - Pero hoy tengo dudas, dudas de que realmente no pueda ser feliz, dudas de que jamás encuentre a alguien que me quiera de verdad.- Seguía sin levantar la mirada del suelo.
Su tristeza era evidente, y pensé que hasta su locura también lo era. Pero supongo que mucha gente habla sola, incluso yo, aquí dentro.
· Hasta hoy me resistía a pensar que eso existía, pensaba que todo era un truco, ilusiones que alimentan la esperanza. Incluso cuando me lo explicó pensé que era una broma, luego, ante su insistencia quise pensar que había micrófonos ocultos. Pero ahora… ahora quiero pensar que sí hay alguien.
Levantó la vista, miró hacia la puerta de mi habitación y terminó:
· Gracias Jorge.
Fue tal mi sorpresa que al intentar incorporarme tropecé conmigo mismo y caí hacia atrás. Me encontraba en el suelo, con la puerta a mis pies. En ese momento pude oír cómo bajaba las escaleras, recogió de nuevo sus llaves y cerró la puerta al salir. Me incorporé y vi cómo se alejaba andando por la calle, estaba nublado y parecía más tarde de lo que era.
Cuando llegó Sofia a su casa, al anochecer, Juan se encontraba ya dentro. Sus hijos no estaban en casa, o yo, al menos, no los vi.
Sofía comenzó a discutir con su marido de nuevo. Hubo gritos, reproches y ruido, mucho ruido, de sillas, de portazos… Juan, harto de la bronca salió de casa y se marchó en su coche. Sofía subió a la habitación.
· Jorge. – Sofía lloraba tímidamente.
· Hola Sofía,… ¿por qué os peleáis tanto?
· Eso no importa ahora. – hizo un silencio. – Quiero divorciarme. Lo quise cuando me enamoré de ti… y ahora más que nunca, te sigo amando. Me cuesta admitir lo que está pasando. Para mí y para cualquiera esto es increíble. Tú estás muerto y yo estoy hablando contigo. Seguramente, si esto le pasara a otra persona, pensaría que está loca…
· Sofía, no estás loca. Yo no puedo darte mayor explicación que la que me han dado a mí. Yo solo sé que estoy muerto, que estoy encerrado en un espacio indefinido que no se corresponde con tu realidad. Sin embargo podemos hablar entre nosotros… y yo creo que eso ya es bueno.
· Quiero que vuelvas, a mí solo me quedan mis hijos, mi vida no es la misma desde que te conocí. ¿por qué te fuiste? – y rompió a llorar sin mesura.
· Jo no me fui, sigo aquí. Las personas mueren y pierden toda memoria de su pasado. Si, sé hablar y por el mero hecho que nos estemos entendiendo en este idioma sé que no soy de otro país. Sé que en otros países se hablan otras lenguas,…. Pero no sé cómo lo sé.
· Entonces, ¿es cierto que no me recuerdas? –
Me hizo una pregunta que no podía responder con claridad. No la recordaba como persona, ni mucho menos como amante. Sin embargo, algo de ella me recorría por dentro. Cuando lloraba me sentía apenado y sus palabras me entraban como si fueran mías.
· No Sofía, no te recuerdo, a pesar de que siento algo por ti. – y esta vez no mentí. – pero necesito que me ayudes. Yo quizás no vuelva a la vida, no sé nada a partir de aquí, pero si realmente nos amamos como dices quiero que me des la oportunidad de salir de aquí, te pido que me ayudes a encontrar la libertad.
· Sabes que lo haré… pero… si no te fuiste… y estás muerto… es que moriste aquí.
· Antonio, el de la farola, murió allí y hasta que no le dije cómo había fallecido no pudo irse.
· ¿Antonio? … ¿Quién es Antonio? – preguntó extrañada
· Antonio era el operario que murió electrocutado en la farola del parque.
· Murió hace dos meses o más – dijo saliendo al balcón de su habitación.
· Si, lo sé. Y gracias a Juan, tu hijo, pudo saber cómo había sucedido, y entonces…
· ¿Mi hijo? – Gritó - ¿Mi hijo también lo veía?
· Tu hijo es muy valiente, de él fue la idea de los walkies, se arriesgó para traerme otro walkie recargado y …
· Sí, mi hijo es muy valiente… y listo!! – una sonrisa de madre orgullos iluminó parte de sus labios
Pasamos parte de la noche hablando, ella me contó cómo nos conocimos y cómo era su vida con su marido. Me habló de los planes que habíamos hecho y lo que nos excitaba ocultando nuestro amor, sobre todo viviendo uno frente al otro.
Parecía que recordando esos momentos empezaba a sentirse mejor, necesitaba sacarlo, hablar conmigo le desahogaba de la pena contenida. Me contaba lo mal que le trataba su marido, era celoso y autoritario. Había momentos buenos en su relación pero ya hacía tiempo que se había perdido la pasión y… la estima. Eran los hijos los que le ligaban aun a él. Y que Jorge, o sea yo, fue su válvula de escape. Su amor verdadero.
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