Ayer pasé el día reviviendo el momento de su partida. El sol parecía más brillante que nunca y la brisa fresca que entraba por la ventana me despertaba sensaciones que desconocía.
Durante toda la noche tuve la sensación de que podía hacer más en este mundo antes de irme. La sensación de hacer el bien es mucho mayor a mis deseos de partir. Aun así, sabía cuál era mi destino y lo pronto que debía llegar. No era de mi agrado estar dos meses como Antonio pasando los días en esta habitación. Tanto él como Andrés, teniendo vía libre para irse de esa maldita farola, no pudieron hacerlo, y yo no iba a ser diferente. De esta habitación debía salir de la única manera posible.
Hoy el día fue fresco a pesar de haber salido el sol de nuevo, sin embargo a media mañana cambió el tiempo repentinamente trayendo más frio y ocultándose el sol tras las nubes empezó a llover mucho.
Los de la casa marrón, la que está más a la derecha de las cuatro casas que tengo en frente, tuvieron la visita de la policía. Estuvieron dentro de su casa y buscaron algo por el jardín. La madre, a la que llamaré Daniela, no se separaba ni un segundo de su marido, al que llamaré Pedro. Se la veía preocupada. Había llorado. A media mañana se fueron los agentes y al rato llegaron unos amigos con los que siguieron en la casa hasta bien entrada la noche.
María seguía en su habitación, miraba hacia mí, pero su cara seguía triste mientras que yo le volví a hacer señas con la mano, pero ella jamás me correspondió. Su marido pasó la noche con aquella mujer que vino el otro día con el niño. A primera hora se fueron los dos a trabajar, cada uno en su coche. Ella iba de uniforme.
Juan llegó del colegio a media tarde y vino a verme. Cuando parecía que iba a hablarme Fritz le preguntó desde el jardín:
· Hola chaval, ¿Cómo te llamas?
· Juan – Respondió con una sonrisa mirándole.
· Yo me llamo Fritz, te he visto varias veces frente a casa. ¿se te cayó la pelota?
Juan mantuvo un silencio sin dejar de mirarlo. Parecía que se había quedado petrificado. Fritz esperaba una respuesta. Juan, levantando su brazo señaló hacia mí preguntó:
· ¿Qué hay en esa habitación? – Como siempre directo. Fritz levantó su mirada y mirándome contestó.
· Un baño ¿por qué?
· ¿Puedo usarlo? – dijo poniéndose las manos en sus partes.
· Mmmm, si, por qué no – dijo con cierta sospecha.
Fritz se acercó a la verja y le abrió la puerta a Juan, éste entró corriendo en la casa, subió las escaleras a toda prisa y vi, a través de la cerradura, cómo llegaba a mi habitación. De repente desapareció. La puerta no se abrió. Lo oía susurrar como si estuviera cerca de mí, pero yo estaba solo.
· Juan, no te veo, te oigo pero no te veo. ¿Dónde estás?
· Estoy aquí. ¿Dónde estás tú?
Ambos parecíamos buscarnos y a pesar de estar en el mismo espacio no conseguíamos vernos.
· ¿Estás metido en un baño?
· ¿Estoy en un baño? – me extrañó mucho su pregunta – Yo no estoy en un baño. Esta habitación no tiene nada, solo paredes, una ventana pequeña y una puerta que no se abre.
· Estás en un baño. Te lo digo yo. – Juan lo dijo con total seguridad.
· ¿Todo bien Juan? – preguntó Fritz tras la puerta.
· Si, es que me dio por hacer…. Ya sabe.
· Mmmmm bien, cuando termines….
· Si, lo sé, pero si me habla no me puedo concentrar – dijo para deshacerse de Fritz.
Y funcionó, porque se fue escaleras abajo.
· Oye Juan, no quiero que te metas en líos por mí y si te descubren quizás no te dejen seguir viéndome. Y sinceramente, te necesito para irme de aquí.
· Lo sé.- hizo un silencio y terminó - Antonio se puso muy feliz.
· Vete ya, Juan. No quiero que Fritz sospeche. Estaremos en contacto con el walkie talkie, ¿ok?
· Te lo he traído pero… ¿dónde te lo dejo?
· Prueba a dejarlo en la ventana – le sugerí
En un instante apareció en la ventana y me quedé sorprendido de lo fácil que había sido. Lo cogí inmediatamente
· Desapareció!!! – dijo Juan con enorme sorpresa
· Vete, ya hablamos luego, vete. – tenía miedo de que Fritz sospechara.
Oí como el agua corría por las pareces y Juan se fue corriendo escaleras abajo, soltó un “adiós” saliendo por la puerta de la casa sin darle a Fritz la oportunidad de responder.
Pasé el resto de la tarde sentado en mi rincón, con el walkie entre mis manos esperando la voz de Juan. Anocheció y di por finalizado el día. Juan había sido muy valiente y mostró más inteligencia que yo. Con solo 8 años ya me había sorprendido y eso me hizo sonreír durante un buen rato.
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