miércoles, 13 de abril de 2011

Día Noveno

Hoy fue un día realmente emocionante. Llegaron varios furgones de mudanzas y empezaron a traer muebles a la casa donde me encuentro. Entraron y salieron, trajeron multitud de muebles, lámparas y cajas.

Grité y nadie me oyó. Debería estar desesperado, desquiciado. Pero no. No tengo sentimientos. Conozco lo que son cada uno de ellos, sé que la gente se apena, que se enfada y se enamora. Conozco esos conceptos. Sé qué es la sensación de soledad, de alegría, de pena y tantas otras… pero no las siento ahora. Me encuentro en un estado de total satisfacción y tranquilidad que no puedo cambiar intencionadamente.

Será por eso que puedo pasar las noches sin dormir, horas y horas, días y días sin pensar en el tiempo, sin preocuparme por el hambre, el frio o la propia soledad. A mí solo me mueve la curiosidad. Quiero saber, saber de mi pasado, saber mi futuro.

Esta tarde, antes de que se marcharan todos, oí hablar unas voces apagadas pero como si estuvieran en mi habitación a pesar de no ver a nadie y de no haberse abierto la puerta. Estuvieron aquí, lo sé, pero no los vi conmigo.

Juan me miró esta noche desde su habitación. Me pregunto por qué no ha vuelto a decirme nada. Sigo esperando que les diga a sus padres que estoy aquí.


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