domingo, 3 de abril de 2011

Día Tercero

La vecina de enfrente, del chalet blanco, ha salido de casa acompañada de un hombre. Su marido es más alto y corpulento. Han intentado disimular y no se dieron cuenta que yo desde aquí los veo perfectamente.  Ella miró como si buscara alguien mientras él se afanó en encontrar las llaves del coche en sus bolsillos.

El hombre se fue sin casi despedirse, como si tuviera prisa y ella, en cambio, volvió a entrar en su casa tranquilamente. Al rato salió al jardín a regar las plantas tarareando algo que desde aquí no pude identificar. Se la veía alegre.

Los demás vecinos han estado fuera todo el día, trabajando y los niños en el colegio.

Llevo aquí tres días y nadie se ha preocupado por mí, no he visto que nadie entre o salga de esta casa y no oigo nada tras la puerta. Posiblemente esté solo en la casa y nadie se haya percatado de mi presencia. Igual debería llamar la atención a través de esta pequeña ventana.

No es lo suficientemente grande para que mi cuerpo quepa por ella a pesar de estar delgado. Debería atreverme a llamar a la vecina, quizás ella sepa qué hago aquí o pueda avisar a los habitantes de esta casa para que me abran la puerta.

Saqué el brazo por la ventana mientras le gritaba a esa mujer, quería que mirara hacia mí. Grité, pero hizo como que no me oía. Debería oírme.

Volví a meter el brazo dentro y esta vez sacando la cabeza le grité de nuevo... pero siguió sin escucharme, o sin oírme.

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