El silencio parecía interminable. Miré a través de la ventana buscando a mi voz, allá en el parque, subido a la escalera pegado a la farola.
· ¿Antonio? – pregunté tímidamente.
El silencio seguía ahí. Y Antonio también. Aunque se mantenía de pié en la escalera tenía la cabeza agachada y walkie talkie en una de sus manos.
· Lo siento. – Su voz era rasgada, hizo otra pausa mientras yo esperaba algo más. No le respondí. Comprendí que estaba emocionado. – Creí que estaba solo. – Sentenció.
· Yo pensaba lo mismo, no sé qué hago aquí, estoy atrapado, nadie me ve, nadie se preocupa por mí, nadie…. – Despulsé sin querer el botón y escuché como él me estaba gritando.
· Para ya!!! muchacho. – Y paré de hablar.
Se hizo otro silencio.
· ¿Cómo te llamas?
· No lo sé. No sé quién soy, ni que hago aquí. No recuerdo nada de mi vida, ni siquiera mi nombre. - Le contesté con las únicas respuestas que tenía.
· Lo sé, yo tampoco me acuerdo del mío.
· Pero el niño me dijo que te llamas Antonio.
· Eso es lo que pone en la chapa de mi camisa. Antonio L. P. y no sé nada más de mí.
De nuevo otro silencio. Me invadió una sensación de desilusión.
· Mi compañero se llamaba Andrés M.O. y se fue hace unos días. Consiguió averiguarlo.
· ¿Averiguar qué? – pregunté con mucho interés
· Con el tiempo pudimos deducir que para salir de este estado hay que averiguar el porqué estamos aquí. Entre Andrés y Yo llegamos a esa conclusión tras nuestras interminables conversaciones.
· ¿Cuánto tiempo llevas así?
· Si no me equivoco…. más de dos meses – Respondió con voz agotada.
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